- Piezas del Expolio nazi en España.

 

La Segunda Guerra Mundial terminó en 1945 y no hay semana que no aparezca alguna noticia sobre reclamaciones de las víctimas del expolio nazi o sus descendientes, a estados o museos de todo el planeta, para recobrar las obras de arte robadas durante la contienda.

Durante la guerra Adolf Hitler, Hermann Goering y en menor medida otros militares y miembros del partido y oportunistas, se ampararon en el abuso, las amenazas y el asesinato para confiscar y robar obras de arte gracias a un conglomerado de directores de museos y galeristas, funcionarios y militares, especuladores y mafiosos. Lejos del amor al arte, muchos de ellos actuaron por afán de poder y ánimo de lucro, impulsos que alentaron un alto grado de violencia y corrupción.

El banquero alemán Alois Miedl, marchante de Goering, fue uno de los protagonistas de aquella trama. Tras la guerra España tuvo un destacado papel en la dispersión de los bienes saqueados, pues Miedl halló aquí refugio al acabar la guerra e introdujo de contrabando un número indeterminado de pinturas cuyo paradero aún hoy desconocemos.

No fue el único: por aquellos días, los contrabandistas de arte procedentes del Tercer Reich campaban por España con la complicidad de la dictadura franquista y en varias galerías del país podían hallarse pinturas procedentes del expolio.

En menos de diez años, Adolf Hitler acumuló 6.700 cuadros: pocos menos que los recopilados por el Museo del Prado en dos siglos (casi 8.000, de los que sólo se exponen unos 1.700). Además de genocida, el dictador nazi fue el mayor responsable y beneficiario de un gigantesco expolio que sólo en Europa occidental se estima en unas 150.000 obras de arte.

Alois Miedl, marchante de Hermann Goering, quien por su parte se adjudicó unas 1.200 piezas saqueadas, introdujo en España entre 22 y 80 obras procedentes del expolio, de las que sólo la Magdalena penitente de Van Dyck ha aparecido hasta ahora. La cifra de 22 corresponde a las pinturas que se sabe con certeza que Miedl pasó por la frontera francesa porque le fueron requisadas y bloqueadas durante cinco años. Después, los hombres de Franco se las devolvieron. Sobre el resto, hasta las sesenta u ochenta que se cree pudo traer, él contó a su colega Bruno Lohse que la mayoría se perdieron porque su mujer Dora los dispersó por varias cajas de seguridad de distintos bancos en España y al cabo de un tiempo extravió el registro en que había consignado dónde estaba cada cual. Así que al final el matrimonio se encontró con un manojo de llaves de las que sólo consiguió encajar una.

Miedl, tan nazi como el que más, salvó sin embargo de una muerte segura o probable a “una docena de judíos”. Lo hizo como parte de jugosos acuerdos de compraventa de obras o de galerías enteras, como es el caso de la que Jacques y Dési Goudstikker dejaron atrás cuando huyeron de Holanda. El marchante se quedó con la galería de esta familia judía en Amsterdam. A cambio ofreció, entre otras cosas, proteger la vida de la madre de Jacques.

Franco no sólo dio cobijo a Miedl, que se alojaba en el Ritz y conducía un lujoso Ford Mercury. La dictadura española también dio entrada y amparo a decenas de traficantes y mafiosos, sobre todo de Francia, que se hicieron ricos gracias a los bienes culturales robados a las víctimas de los nazis.

La más paradigmática es la relativa al Pissarro del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, Rue Saint-Honoré por la tarde. Efecto de lluvia. Los nazis se lo quedaron –bajo precio de extorsión– al expulsar de Alemania a sus propietarios, Otto y Lilly Cassirer-Neubauer. En el año 2000, su nieto Claude lo reclamó ante la justicia estadounidense. Pero un tribunal de California desestimó su demanda y dio la razón a España en virtud de una norma de 1955. No obstante, también matizaron que el Estado español estaba incumpliendo sus compromisos internacionales con las víctimas de los nazis. Martorell añade.

El expolio y tráfico de obras de arte fue sólo la parte “glamurosa” de una operación ingente de saqueo de todo tipo de bienes que iban desde viviendas de lujo hasta simples juguetes de niño, pasando por coches, joyas o ropa. A judíos, gitanos y eslavos se les arrebataba todo sin más; al resto de ciudadanos de países enemigos se le compraba a precio irrisorio.

Además, el arte era uno de los pocos bienes seguros con que comerciar. Y Hitler y los suyos partían con la ventaja de haber devaluado las monedas de los países invadidos. Una operación redonda. Sin embargo, uno de los falsificadores que medraron a la sombra del pingüe negocio del expolio fue más listo que los saqueadores. Han van Meegeren, pintor en vez de limitarse a copiar, se aprovechó de la falta de información sobre parte de la trayectoria del pintor Vermeer para crear toda una supuesta “etapa religiosa” del autor de La joven de la perla, y se inventó el cuadro del “Cristo y la adúltera”, vendiéndosela a Goering.

Cuando al terminar la guerra lo detuvieron bajo acusación de colaborar con los nazis en el expolio, Meegeren decidió confesar para que le cambiaran la acusación por la de simple fraude. No le creían; sus obras parecían tan auténticas... Pero él aportó pruebas: ante varios testigos, pintó su último Vermeer. Y la condena se limitó a un año, aunque él murió de infarto enseguida.

 

-Un caso reciente de localización de obras robadas por los nazis en España es el que se produjo a mediados del año 2020, en el Museo de Pontevedra que devolvió a Polonia dos cuadros del pintor flamenco Dieric Bouts tras comprobar que pertenecen a la colección de la familia Czartoryski, víctima del expolio de los nazis tras la invasión alemana en 1939. Estas dos piezas de arte, un Ecce Homo y una Dolorosa, son del siglo XV y originalmente formaban un mismo díptico y coinciden con las referencias bibliográficas que existen sobre estas obras.

Los cuadros eran de la colección de José Fernández López, uno de los benefactores del Museo de Pontevedra que habría adquirido en galerías especializadas de Barcelona o Madrid a mediados de los años 70. Tras años en depósito en el museo pontevedrés, sus responsables compraron toda la colección -unas 313 piezas de arte- en 1994. 

Ya entonces hubo quien alertó que, probablemente, estas dos obras de Dieric Bouts, principal representante de la Escuela de Lovaina, procediesen de algún saqueo, pero se desechó la idea porque el origen de los cuadros estaba perfectamente documentado. El Museo de Pontevedra recibió una llamada a finales del mes de marzo de 2020 desde el Ministerio de Cultura polaco alertando de que dichos cuadros habían desaparecido tras la invasión nazi.

El heredero de la colección de la familia Czartoryski y su esposa, la princesa María de los Dolores de Borbón-Dos Sicilias y Orleáns, trataron de salvar las obras más destacadas y las ocultaron en el sótano de un museo y detrás de los muros de una de sus propiedades. Mientras intentaban huir del país fueron arrestados y los nazis descubrieron sus escondites, apropiándose de las obras de arte de mayor valor.

El museo siempre se mostró colaborativo en contribuir a esta reparación histórica obras adquiridas de buena fe y desconociendo por completo su procedencia original.

Antes de devolverlas a Polonia, el Museo de Pontevedra expuso estos dos cuadros al público por última vez como piezas principales de una exposición que abordó los expolios registrados a raíz de conflictos bélicos.